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Un museo para una sola pieza en Croacia

© Javier Luri

En el año 1996, un turista belga buceando en el mar Adriático, a una profundidad de 45 m, descubre por casualidad una escultura y alerta a las autoridades de su hallazgo. En ese momento se inicia la historia del Museo del Apoxiómeno en la isla de Mali Lošinj, Croacia.

El Ministerio de cultura de Croacia decide crear un museo en un palacio del siglo XIX con una única pieza: una escultura griega en bronce, de 192 cm de altura, en un asombroso estado de conservación y prácticamente completa. 

El bronce griego que reposaba más de 2000 años en el fondo del mar representa uno de los temas escultóricos favoritos en la Antigua Grecia: un joven atleta de entre 20 y 25 años en el momento de limpiarse con un raspador el sudor, la arena y los aceites de su piel tras haberse ejercitado.

La pieza fue realizada, con toda seguridad, en una fundición griega entre el siglo II y I A.C. como réplica de un original del siglo IV A.C. y probablemente estaba siendo transportada por una nave mercante romana antes de acabar, por razones desconocidas, en el fondo limoso.

En 1999 se procede a su extracción y se observa que está en un asombroso estado de conservación y prácticamente completa, a excepción del dedo meñique de la mano izquierda, conservando incluso el plinto original. Considerada como una de las mejor conservadas esculturas griegas de bronce en el mundo, después de siete años de un complejo proceso de restauración y conservación, se expone en museos como el Louvre, el Museo Británico, el J. Paul Getty de Los Ángeles.

Tras un intenso debate sobre su paradero final, de acuerdo con la política cultural del país, que prioriza la dispersión de museos fuera de grandes ciudades, las autoridades deciden que esta magnífica pieza debe quedarse cerca del lugar donde había sido hallada.

En la zona urbana de Lošinj, protegida es su conjunto como zona patrimonial, no hay sitio para obra nueva, por lo que se opta por la reconstrucción de un edificio existente para albergar la escultura.

El palacio Kvarner, de la segunda mitad del siglo XIX, está ubicado en la parte central de un largo paseo marítimo. Inicialmente fue un café y sala de baile, más tarde, tuvo uso de tienda. El interior del palacio carece de importancia, pero los conservadores encargados no dejan tocar ninguna de las fachadas del edificio.

De este hecho proviene la primera particularidad del proyecto, realizado por Randić i Turato tras erigirse ganadores en un concurso por invitación. Uno de los hallazgos más importantes a nivel mundial debe ser albergado dentro de un edificio muy común, cuyas fachadas no se pueden tocar, mientras que en el diseño del interior disponían de total libertad.

Además, los restauradores (Instituto de restauración de Croacia) exigen construir una cámara que permita mantener unas condiciones micro climáticas muy exigentes y diseñan el concepto expositivo centrado en esta única pieza.

El proyecto realizado en 2015 se puede resumir como un volumen insertado dentro de la envolvente del palacio: una cápsula metálica con aires de construcción naval que levita sobre la planta baja sin llegar a tocar el perímetro construido preexistente.

La planta baja recibe al visitante con un color azul intenso que evoca una atmósfera marina, un espacio concebido como la extensión del paseo marítimo dentro del museo. El programa expositivo se sitúa en el interior de la cápsula con una superficie total de 190 m2, mientras que los espacios auxiliares y administrativos se ubican en la zona intersticial entre la capsula y los muros perimetrales preexistentes.

La sala con la escultura forma el núcleo del edificio, alrededor del cual gravitan en un movimiento lineal e in crescendo una serie de ambientes que presentan museográficamente varias capas de interpretación de la pieza, dejándola ver solo parcialmente y desde diferentes puntos de vista.

Dicho tránsito espacial y temporal va preparando al visitante, mediante una sucesión de espacios de carácter informativo – didáctico con ambientes totalmente diferenciados: Una primera sala con paneles expositivos nos explica el descubrimiento y ubica el bronce en su contexto de origen, un espacio escalonado cubierto completamente por una alfombra policromada acoge una proyección sobre la extracción y los procesos de restauración, la sala del periscopio, aparte de presentar el impacto mediático que tuvo el hallazgo, ofrece el primer contacto visual con la escultura a través de una escotilla en el techo. Pasando por una escalera quebradiza totalmente revestida con madera de olivo, desembarcamos en una cámara completamente blanca de unos 30 m2, casi inmaterial, que permite observar la impresionante pieza en su máxima expresión, sin ningún tipo de interferencia ya que toda la preparación intelectual de carácter narrativo y educativo ha sido llevada a cabo en los espacios anteriores.

El viaje termina en el bajo cubierta, donde una ventana horizontal por encima del nivel de la fachada original del palacio (la única intervención en la fachada), nos devuelve a la realidad, contemplando la hermosa bahía de Mali Losinj. Se ha producido una magia espacio-temporal que vale la pena experimentar.

Desde la apertura del museo, el joven atleta ha pasado a formar parte del imaginario siendo un elemento indiscutible de la identidad local.

 

Javier Luri, arquitecto, corresponsal del COAC en Zagreb, Croacia

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